Sheol 13
  Cristales rotos (relato corto)
 

Caminaba por encima de los cristales como si no estuvieran allí. Pero estaban, y se le clavaban en los pies produciéndole cortes  que no dejaban de sangrar. Caminó hacia la escalera por la que se accedía a la planta de arriba donde estaba el baño. Sus pies iban dejando huellas rojas por toda la cocina, por el salón y en todos y cada uno de los peldaños de la escalera. Entró en el dormitorio principal y de ahí al baño grande. Abrió los grifos de la bañera con forma de riñón y puso en marcha el sistema de hidromasaje. Mientras la bañera se llenaba se quitó el resto de la ropa que le quedaba, la camiseta blanca de cuello de pico salpicada de sangre, el sujetador que le realzaba el pecho y el tanga blanco, que no se había manchado  por que la camiseta lo cubría. Comprobó la temperatura del agua con los dedos del pie derecho, unas gotas de sangre cayeron en la bañera pero no pareció importarle, la temperatura estaba bien, se introdujo en el agua. Las burbujas hacían su trabajo realizando un masaje en todo el cuerpo, un masaje relajante, justo lo que le hacía falta para terminar de relajarse del todo. Cerró los ojos. Las imágenes empezaron a llegarle a su mente, poco a poco se fue dando cuenta de lo que había sucedido, era como ver una película mientras se rebobina.

 

Tres horas antes.

 

Ana se había puesto el vestido negro de tirantes que le dejaba la espalda al aire con los zapatos negros de punta y tacón bajo. Había estado media mañana en la peluquería, y la otra media y parte de la tarde cocinando el redondo de ternera para la cena. Hoy iba a ser el gran día, se lo iba a pedir, después de dos años compartiendo sus vidas se había decidido,  esa noche lo haría, se atrevería a dar el salto. Todo estaba listo, la mesa puesta con las velas y la cubertería de plata, la música suave que acompañaría una velada romántica, una botella de vino espumoso enfriándose en la nevera y una pequeña caja negra con un lazo rojo en una esquina que contenía las alianzas. Dos preciosas joyas de orfebrería que le habían costado un riñón, pero no le importaba, la verdad es que gozaban de una buena clase social, gracias a sus trabajos tenían grandes ingresos, aunque esos mismos trabajos les impidiesen verse todo lo que quisieran. Por unas horas Ana era feliz, estaba segura de que le diría que sí, y lo había dispuesto todo para que después de la cena se dejaran llevar por el amor. Todo tenía que ser perfecto y llevaba horas preparándolo para que así fuese. El sonido de la puerta del garaje abriéndose alertó a Ana de que había llegado, por un momento pensó que le faltaba algo, todo tenía que ser perfecto, miró la mesa, miró el horno, comprobó que la botella estuviera en la nevera y las alianzas, ¿Dónde están las alianzas?. Echó un vistazo rápido a su mini bolso que tenía colocado en el sofá y allí estaba la pequeña caja negra. La puerta del garaje se cerraba de nuevo. Ana se acercó al mueble bar, cogió un vaso de tubo, le puso hielo y lo llenó de ron Máximo, otro capricho de los muchos que podían costearse. Por fin la puerta se abrió. Rocío entró con expresión cansada, soltó el maletín de piel marrón junto a la puerta, se quitó los zapatos beige, que usaba cuando tenía que ir al juzgado, dejó la chaqueta en el respaldo de una de las sillas de madera de roble del salón y se dejó caer en el sofá. Ana se acercó a ella y le ofreció el vaso, Rocío la miró, en ese momento se dio cuenta de que el salón estaba casi en penumbras y vio que  Ana estaba reluciente con ese vestido, no pudo evitar mirarle el escote, el vestido negro le realzaba el pecho. Se incorporó del sofá, cogió el vaso con la mano izquierda mientras la derecha la deslizaba por la espalda de Ana. Rocío empezó a besar el cuello de Ana, la mano derecha fue descendiendo por la espalda hasta encontrar el borde del vestido levantó ligeramente el elástico y metió la mano, la boca de Rocío  subió del cuello a la oreja de Ana, las dos estaban excitadísimas, pero Ana tenía un plan para esa noche, un plan que no comenzaba con un revolcón en el salón. Apartó a Rocío suavemente de ella y le dijo que se diera una ducha y se pusiera cómoda. Pero Rocío no estaba dispuesta a soltar a su presa, Ana insistió y por fin Rocío subió las escaleras que la llevarían al dormitorio de ambas donde se pondría algo cómodo pero que no desentonase con Ana. Ana fue a la cocina sacó la carne del horno la cambió de la fuente del horno a una fuente de porcelana para llevarla a la mesa. El soniquete del teléfono de Rocío comenzó a sonar desde dentro del maletín. Ana miró hacia las escaleras y pensó en llamarla, pero posiblemente no la escucharía si estaba en la ducha así que decidió contestar ella. Abrió  el maletín y cogió el móvil, en la pantalla aparecía una mujer, rubia de pelo corto sonriendo y el texto “Cari”. Ana no lo entendió, ¿Se llamaría Caridad?, presionó el botón verde.

-“Hola”- Dijo Ana

-“Espero que no se te haya olvidado lo de esta noche, te voy a hacer un reconocimiento que tu ginecólogo te va a parecer un aprendiz de enfermero”-

Ana quedó muda no era posible lo que estaba escuchando, ¿sería verdad que se lo estaba diciendo a Rocío o se habría equivocado?

-“Rocío, ¿estás ahí?”-

A Ana se le saltaron las lágrimas. ¿Cómo era posible? Después de lo que había luchado ella, incluso había discutido con su padre y todo por estar con Rocío. La misma Rocío por la que preguntaban.

-“Rocío no se puede poner”- Dijo por fin y colgó.  Ana miró la mesa puesta con las velas, la cubertería de plata  y la vajilla de porcelana, su mini bolso con las sortijas dentro,  en el equipo de música  sonaba Yo nací para amarte de Alejandro Fernández, comenzó a faltarle el aire, el pecho empezó a dolerle y las lágrimas no dejaban de manar de sus ojos. Buscó el vaso de ron, lo cogió y lo vació en su garganta de un solo trago, no era suficiente, fue al mueble bar, dejó el móvil sobre él  y volvió a llenar el vaso, de un trago otra vez, no dejaba de llorar, se dejó caer junto al mueble bar. Miró el vaso y lo lanzó con rabia contra la pared. No le entraba en la cabeza, cómo era posible que Rocío la engañase, después de que discutiese con su padre cuando le dijo que se iba a ir a vivir con ella. En parte le entendía, era hija única y nunca le daría nietos, pero ella luchó por lo que quería, por Rocío, la misma Rocío que hace apenas cinco minutos la besaba tan apasionadamente. Estiró el brazo y cogió la botella de ron,  a palo seco directamente de la botella, trago tras trago. Las lágrimas habían corrido el rimen, ahora parecía un payaso triste. Ana escuchó las pisadas de Rocío en la escalera, intentó ponerse en pie, pero la botella casi vacía no la dejó, se quedó allí sentada en el suelo, abrazando la botella de ron y llorando. Rocío bajó las escaleras, al final después de mirar en su armario decidió ponerse una falda y una camiseta blanca de pico que le quedaba ajustada marcándole la cintura y poniendo de manifiesto su voluminoso pecho. Lo primero que vio al bajar  fue los restos del vaso y algún hielo que aún no se había derretido y su maletín abierto, entró en el salón, Ana seguía sentada en el suelo junto al mueble bar, llorando desconsolada. En cuanto Ana se percató de la presencia de Rocío le lanzó la botella que no avanzó más de dos metros, estrellándose contra el suelo, pero no se rompió.

-“Puta”- Le dijo Ana entre sollozos y lágrimas.

-“Puta”- Volvió a repetirle.

A Rocío comenzó a latirle el corazón con fuerza, presentía lo que podía estar pasando, vio el móvil sobre el mueble del bar.

-“Puedo explicártelo”- Comenzó a decir Rocío, pero Ana la cortó en seco.

-“¿El qué quieres explicarme? ¿Quién coño es Cari?”-

-“No es nadie”-

En ese momento volvió a sonar el móvil de Rocío, Ana estiró el brazo y lo cogió, miró la pantalla. Rocío la engañaba y eso la dolía más que una puñalada en el pecho. Dando un grito le lanzó el móvil,  le golpeó en el brazo y cayó al suelo, Rocío se agachó para cogerlo, miró la pantalla, ponía “Cari” y se veía la foto de una guapa abogada de oficio que había conocido dos semanas atrás. Ana se agarró al mueble bar y se puso en pie, el alcohol se le había subido demasiado deprisa a la cabeza, le costaba mantenerse, cogió la cubitera y se la tiró a Rocío, pero al igual que la botella, no llegó muy lejos.

-“Puta”- La dijo varias veces, se le notaba en el tono de voz, que cada vez había más amargura. Ana fue tambaleándose hasta la cocina, cogió el cuchillo que iba a utilizar para cortar la carne lo empuñó  con la hoja hacia abajo, levantándolo por  encima de su cabeza.

-“Puta”- Seguía diciéndole. Rocío al verla con el cuchillo en la mano dirigiéndose hacia ella se asustó, Ana podía ser capaz de cualquier cosa, era muy temperamental, más aún bajo los efectos del ron. Ana avanzaba despacio sujetándose en todos los muebles que iba encontrando a su paso. Rocío sentía latir fuertemente su corazón,  cogió la botella de ron del suelo, y se la tiró a Ana. La botella impacto contra la cabeza de Ana estallando en mil pedazos, cayó al suelo. Ana no se movía, lloraba en el suelo, pero no se movía, solo decía “Puta”. Empezó a jadear, Rocío seguía inmóvil, Ana se giró, colocándose boca arriba, en ese momento Rocío vio que el cuchillo estaba clavado en el muslo izquierdo de  Ana. De bajo de Ana apareció un charco de sangre que no dejaba de crecer, en ese momento Rocío reaccionó, se abalanzó sobre Ana, le levantó el vestido y vio que el cuchillo había segado el muslo interior izquierdo, le puso las manos sobre la herida, pero no dejaba de salir sangre a borbotones, se quitó la falda e intentó cortar la hemorragia sin éxito. Miró a los ojos a Ana que exhaló su último aliento. Rocío sentía que el corazón se le iba a salir del pecho, pero no echó ni una lágrima. Se incorporó, se miró las manos llenas de sangre y se dirigió al piso de arriba a darse un baño. Caminaba por encima de los cristales como si no estuvieran allí. Pero estaban, y se le clavaban en los pies produciéndole cortes  que no dejaban de sangrar.
 



por Alberto López

 
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